
Equipo CEDINS
La cruda realidad de estos días destruye el mito de que los desastres sacan lo peor de la humanidad. La angustia por ayudar es palpable y no se limita a quienes están alrededor de los escombros: atraviesa a todo el país. Al mismo tiempo, las catástrofes hacen visibles nuestros propios límites y muestran cuánto necesitamos fortalecer nuestras capacidades para responder de manera organizada, solidaria y eficaz.
Este es un momento para reflexionar sobre cómo enfrentar unas catástrofes que, incluso si mañana lográramos derrotar al capitalismo, probablemente seguirán aumentando como consecuencia de los niveles de destrucción ambiental, territorial y social ya alcanzados. La pregunta, entonces, no es solamente cómo responder a una emergencia concreta, sino cómo debe prepararse y actuar la organización popular ante ella, retomando la idea que desarrollan los autores del libro Esperanza contra toda esperanza: escritos sobre la crisis ecológica.* Los numerosos ejemplos que recoge el libro muestran que, frente a una catástrofe, la solidaridad espontánea suele aparecer como una de las primeras respuestas ante la parálisis o insuficiencia estatal. Cuando ocurren inundaciones, huracanes, incendios o terremotos, las personas no necesariamente entran en pánico ni se convierten en una masa salvaje; por el contrario, la reacción inicial de muchas comunidades es la autoorganización, la empatía y el apoyo mutuo.
Mientras los gobiernos pueden tardar en responder de manera efectiva debido a la burocracia, a la falta de preparación o a decisiones políticas que priorizan otras necesidades, la población local asume tareas de rescate, distribución de alimentos, atención de salud y organización de refugios. Sin embargo, no se trata de idealizar estas respuestas ni de afirmar que las reglas del mercado desaparecen durante las crisis. Más bien, aquellas se tensionan y toman distintas vías: mientras el mercado puede convertir el desastre en una nueva fuente de acumulación, valorizando determinadas mercancías, servicios y necesidades urgentes, las prácticas comunitarias populares tienden a colocar en el centro el valor de uso y la satisfacción de necesidades concretas.
En una emergencia extrema puede aparecer una disposición a compartir herramientas, alimentos, espacios, transporte y otros recursos en función de la necesidad y no exclusivamente de la capacidad de pago. Precisamente por eso, estas prácticas pueden resultar profundamente subversivas para el orden existente: una distribución gratuita o basada en las necesidades de herramientas, agua, alimentos y otros insumos vitales, acompañada posteriormente por mecanismos de compensación a quienes aporten bienes, podría resolver problemas inmediatos de manera mucho más sencilla, pero también pondría en cuestión la centralidad de la propiedad privada y la lógica de valorización capitalista. El desastre, en este sentido, deja al descubierto una tensión entre distintas formas de organizar la vida: de un lado, la mercantilización de la emergencia y la defensa de la propiedad; del otro, la cooperación, el valor de uso y la satisfacción colectiva de necesidades.
En esa tensión también sale a flote la estructura de clase y el peso de los intereses de los grupos económicos. No todas las personas son atendidas de la misma manera, ni todas las instituciones responden con las mismas prioridades: las decisiones sobre qué territorios se protegen, qué poblaciones reciben primero los recursos, qué bienes se consideran estratégicos y qué actividades económicas deben restablecerse revelan relaciones de poder preexistentes. La catástrofe no elimina esas relaciones; puede hacerlas más visibles y, en determinados casos, profundizarlas. Por eso la autoorganización popular puede funcionar como un laboratorio en el que se ensayan formas de cooperación capaces de anticipar una sociedad comunitaria y libre, al mismo tiempo que se enfrentan las desigualdades y jerarquías que atraviesan la respuesta a la emergencia.
Frente a estas formas de organización, los gobiernos y las clases dominantes suelen agitar el temor de que la población civil se convierta en una masa violenta y saqueadora. Desde esta perspectiva, la securitización de los desastres adquiere una importancia central: la respuesta puede orientarse hacia la militarización de la ayuda, el control policial y militar del territorio y la protección de la propiedad privada, mientras las acciones de supervivencia popular pueden ser criminalizadas.
Las fuerzas militares de distintos países han desarrollado capacidades específicas para intervenir en escenarios de desastre, y esto plantea una cuestión política fundamental: ¿quién controla la Naturaleza, el territorio y las decisiones durante una emergencia? No se trata de negar que existan riesgos reales ni que determinadas intervenciones requieran conocimientos especializados. La acción de personas sin preparación puede ser peligrosa y puede poner en riesgo tanto a quienes ayudan como a quienes necesitan ser rescatados. Precisamente por eso, la respuesta no debería consistir en expulsar a quienes quieren participar, sino en construir capacidades previamente: formarse, adquirir conocimientos básicos de primeros auxilios, rescate, logística, comunicaciones, alimentación y gestión de refugios, establecer protocolos y estructuras organizativas y, cuando ocurra la emergencia, permitir que quienes poseen conocimientos especializados asuman las tareas que requieren experiencia, mientras quienes no tienen especialización puedan aportar en labores organizadas y seguras.
La preparación popular es, por tanto, una condición para que la solidaridad espontánea pueda convertirse en una fuerza efectiva y no dependa exclusivamente de la improvisación.
Los ejemplos mencionados en Esperanza contra toda esperanza permiten observar esta dinámica en distintos contextos. En Nueva Orleans, durante el huracán Katrina de 2005, frente al abandono del gobierno federal estadounidense, comunidades afrodescendientes y de clase trabajadora organizaron redes de rescate en botes, distribución de suministros y comedores comunitarios. Common Ground Relief, una red de ayuda mutua impulsada por activistas locales, entre ellos exmiembros de las Panteras Negras, mostró la capacidad de la población para priorizar el cuidado colectivo y la atención médica comunitaria sin esperar exclusivamente al mercado o al Estado. Al mismo tiempo, los sobrevivientes fueron criminalizados por parte del gobierno y de los medios de comunicación mediante la imagen del “saqueador”, mientras la respuesta oficial llegó a priorizar el despliegue de tropas armadas y la protección de establecimientos comerciales en lugar de acelerar el rescate y la atención de las personas afectadas.
En el terremoto de Ciudad de México de 1985, ante el colapso de numerosos edificios y la incapacidad de las autoridades para responder con rapidez, los habitantes de la ciudad se autoorganizaron mediante cadenas humanas para remover escombros y salvar vidas. Vecinos, damnificados del barrio de Tlatelolco y trabajadoras de la costura del centro de la ciudad formaron espacios de organización horizontal y redes de ayuda mutua que no desaparecieron con el fin de la emergencia. De ese proceso surgió, entre otras expresiones organizativas, la Coordinadora Única de Damnificados, que convirtió la experiencia de la catástrofe en una lucha social por vivienda digna y por derechos que desbordaban la lógica inmobiliaria comercial.
En Kerala, India, durante las devastadoras inundaciones de 2018, miles de personas quedaron atrapadas en los techos de sus viviendas. Antes de que las fuerzas militares oficiales pudieran movilizarse a gran escala, comunidades de pescadores artesanales reaccionaron de inmediato: trasladaron sus botes de madera en camiones y se internaron en las corrientes urbanas para rescatar a miles de personas. La experiencia muestra cómo la clase trabajadora puede colectivizar temporalmente herramientas que normalmente utiliza para su actividad económica y convertirlas en infraestructura común de salvación.
Las prácticas de organización popular frente a las inundaciones también se han expresado en otros contextos, como las redes populares contra los tifones en Filipinas, donde comunidades locales organizan asambleas para reconstruir viviendas, compartir generadores eléctricos y sostener comedores autogestionados, o los Centros de Apoyo Mutuo en Puerto Rico después del huracán María de 2017, que impulsaron comedores solidarios, sistemas comunitarios de energía solar y huertos orientados a fortalecer la soberanía alimentaria.
En Japón, tras el terremoto y tsunami de Tōhoku de 2011 y la posterior crisis nuclear de Fukushima, la interrupción de las telecomunicaciones y de la electricidad llevó a numerosas comunidades a recuperar prácticas de ayuda mutua. En refugios improvisados se organizaron mecanismos colectivos para distribuir alimentos, atender a las personas mayores y realizar tareas de limpieza y cuidado sin esperar permanentemente instrucciones externas. También se pueden reconocer experiencias de organización territorial en Cuba a través del trabajo de los Comités de Defensa de la Revolución, presentado como un ejemplo de una estructura que coloca la defensa de la vida y la preparación comunitaria en el centro de la respuesta ante fenómenos meteorológicos de gran escala.
Todos estos casos permiten extraer una conclusión importante: la capacidad popular de respuesta no debería depender únicamente de la solidaridad que surge espontáneamente cuando ocurre una tragedia. Si queremos que esa solidaridad tenga una fuerza transformadora, es necesario convertirla en organización, formación y capacidad permanente. Al mismo tiempo, debemos comprender que la emergencia constituye un terreno de disputa política en el que se enfrentan intereses de clase, formas de propiedad, modelos de gestión y concepciones distintas sobre quién debe decidir y quién debe recibir protección. El desastre puede ser utilizado para profundizar la militarización, ampliar mecanismos de vigilancia y control y garantizar intereses económicos, pero también puede abrir espacios para la cooperación, la defensa de la vida y la construcción de capacidades populares.
Venezuela y Colombia, hoy
Esta disputa adquiere una dimensión particularmente importante en América Latina. En países como Venezuela y Colombia, la posibilidad de que una emergencia sea utilizada para reforzar mecanismos de control territorial, dependencia externa o presencia militar obliga a pensar la preparación popular no como una actividad auxiliar, sino como una dimensión estratégica de la defensa de la vida, de la autonomía de las comunidades y de la soberanía de los pueblos.
En el contexto de las actuales agresiones imperialistas y de la utilización de conflictos y desastres como oportunidades para reorganizar territorios y asegurar militarmente países enteros, resulta indispensable observar quién define las prioridades de la ayuda, quién controla los recursos y qué intereses se benefician de la reconstrucción. Antes Venezuela y hoy Colombia intentan ser militarizados por tropas de los EE.UU e Israel bajo el pretexto de realizar labores de rescate. La actitud el gobierno de Abelardo de la Espriella además de mostrar incapacidad e indolencia, se expresa como un oportunismo militarista, que debe ser rechazado y confrontado por las comunidades y organizaciones que desde los primeros minutos se pusieron al frente del desastre.
La respuesta a una catástrofe puede terminar reforzando la dependencia y la militarización, o puede convertirse en una oportunidad para fortalecer la organización comunitaria, la solidaridad y la capacidad de decidir colectivamente sobre los recursos necesarios para vivir. De ahí la importancia de prepararnos desde ahora: no para sustituir irresponsablemente a quienes tienen conocimientos especializados, sino para construir estructuras capaces de articular saberes, distribuir tareas, cuidar a quienes participan y responder de manera colectiva cuando las instituciones fallen o cuando sus prioridades entren en contradicción con las necesidades de la población. Pensar un “comunismo de desastres” significa, en última instancia, preguntarnos cómo hacer que, en medio de la crisis, la defensa de la vida, el valor de uso, la cooperación y la organización popular tengan mayor fuerza que la mercantilización de la emergencia, la protección de la propiedad y la securitización de los territorios.
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* Del coletivo Out of the Woods Collective se pueden conseguir sus textos en: https://www.commonnotions.org/buy/hope-against-hope y https://fal.cnt.es/producto/comunismo-de-desastre-y-otros-textos-contra-la-catastrofe-capitalista/