Censo Agrario, interpretaciones selectivas

Por: Freddy Díaz
Equipo de Tierras CEDINS

En el campo colombiano, falta todo por hacer. Sigue en un atraso enorme en comparación con el resto del país. Me preocupa la alta concentración de la tierra, lo que nos conduce a acelerar, para hacer una reforma rural integral”. Estas palabras, pronunciadas por el Presidente Juan Manuel Santos tras conocerse algunos resultados del Censo Nacional Agropecuario, no resultan nada originales, pues desde hace varios años hay un cierto consenso sobre las problemáticas del campo colombiano, en especial por el extrema desigualdad en la distribución de la propiedad de la tierra(1).

En la página de internet del censo se plantea que éste tiene como objetivo facilitar a las entidades estatales involucradas en el desarrollo rural del país, tomar decisiones que aporten soluciones definitivas a los retos que presenta el campo colombiano(2). Esta lógica también se replica en otros proyectos estatales cómo la Misión Rural, cuyas recomendaciones deberían orientar las políticas públicas para el sector durante los siguientes 20 años(3).
 
Encontramos entonces el anuncio de la intención gubernamental de transformar el campo. No obstante, sectores importantes del movimiento campesino plantean que, o bien no hay intenciones reales de impulsar tal transformación, o bien que dicha transformación parece centrarse más en los intereses de los agroindustriales que en las necesidades de las comunidades campesinas, indígenas y afro.

Los resultados

El hecho de admitir que en el campo las cosas no andan cómo deberían no es suficiente para generar un cambio de fondo, en especial si las políticas del sector van en contra vía de un campo donde se viva con justicia social, aplicando políticas basadas en principios como el reconocimiento, la redistribución y la participación. Y aunque cómo se dijo anteriormente, los resultados del censo no son muy distintos de los que históricamente se han conocido, sí vale la pena darle una interpretación distinta de quienes dicen haberse sorprendido por los resultados hasta ahora conocidos.

Los datos acerca del uso y acceso a la tierra son bastante dicientes de la crítica situación que se vive en el campo:

  • De las 113’000.000 de hectáreas censadas, el 71% no pertenece a los campesinos.
  • De las 113’000.000 de hectáreas censadas, el 69.9% de las UPA (Unidades Productivas Agrícolas) tienen una extensión menor a las 5 hectáreas y ocupan 5’650.000 de hectáreas.
  • Los terrenos con áreas superiores a 500 hectáreas están en poder del 0.4% de los propietarios. Estos terrenos ocupan el 41% del área censada. Esto no es algo que sorprenda, pues el índice de Gini para el país es de 0.85 (PNUD 2011).

Los datos acerca del uso del suelo tampoco son alentadores. Del área censada el 50% corresponde a zonas naturales, el 40.6% se destina a uso agropecuario, lo cual a simple vista parecería un buen indicador ya que es un área considerable, pero al ver otros resultados es posible darse cuenta de los problemas. De ese 40.6%, sólo el 6.3% es para cultivos agrícolas, de los cuales el 75% corresponden a cultivos permanentes, mientras el pequeño porcentaje restante está en cultivos transitorios(4); además de lo anterior, en el país se destinan muchas hectáreas para ganadería extensiva, es decir que el uso del suelo no se da de acuerdo a su vocación. (Ver imagen 1)


Fuente: Parques Nacionales


Aunque el acceso a la tierra es un aspecto fundamental para el campesinado, ese no es el único aspecto que le interesa a las familias campesinas, ni el único factor que puede afectarlas. La desigualdad social, la falta de equidad y el olvido al que se tiene relegado al campesino por parte del Estado ha generado desterritorialización ambiental, socio-económica y ha propiciado el despojo violento.

Lo anterior se ve reflejado en la gran brecha social que existe entre el campo y la ciudad, situación que además es ratificada por el censo:

  • El 79.7% de la población rural entre 5 y 16 años asiste a una institución educativa
  • El 20.3% de la población rural entre 5 y 16 años no asiste a ninguna institución educativa
  • El 73,7 % de la población rural entre los 17 y 24 años no asiste a ninguna institución educativa, sólo asiste el 26.3%
  • El 12.5% de la población rural mayor de 15 años no sabe ni leer ni escribir.(5)


Aunque comparando las cifras del tercer censo agrario con el censo del 2005, la población que asiste a una institución educativa ha aumentado y el analfabetismo ha disminuido, las mejoras siguen siendo insuficientes y muestran una amplia desproporción con los indicadores promedio de las ciudades, donde se han generado políticas para que toda la población tenga acceso a la educación, por lo menos a la básica y secundaria.

El estándar internacional de Índice de Pobreza Multidimensional alcanza para el mundo rural la cifra de 45,5%(6), que dobla el promedio nacional arrojado por el DANE para 2014: 21,9%(7). El Censo arroja, por ejemplo, que el 94.01% de los hogares encuestados no tienen servicio de alcantarillado y el 56.9% no cuenta con servicio de acueducto(8), indicadores que revelan la dura situación que se vive en las zonas rurales y la evidente precariedad de la política pública del Estado.  

La ausencia de inversión pública orientada a mejorar la calidad de vida en el campo, se liga con un discurso oficial que desvaloriza el modo de vida campesino, pues se ha hecho creer que la economía campesina es insostenible e improductiva, a pesar de que genera mayor empleo y mayor rentabilidad que sectores cómo el extractivo. Tal desvalorización de lo campesino sostenida en el discurso oficial tiene propósitos claros: se busca que el campesino se vuelva rentista de empresas dedicadas al aprovechamiento de commodities, o mano de obra barata de los agronegociantes, perdiendo así la relación centenaria que ha tenido con la tierra, y pasando a relacionarse con el mercado mundial en condiciones de subordinación. Además de lo anterior, la desvalorización también se expresa en el presupuesto para el sector, pues para el siguiente año el presupuesto destinado al agro pasará de 3.3 billones en 2015 a 1.4 billones de pesos para 2016(9).

Es así como el censo ratificó lo que el colombiano de a pie ha sabido desde años, que el campo no tiene piernas, pero camina. Aunque al parecer quienes toman las decisiones en el país extrañamente desconocen la cruda realidad del campo, y basándose en los resultados del censo legitiman el modelo agroindustrial para llevar allí el “desarrollo”, en vez de generar cambios sustanciales que busquen crear un campo para los campesinos donde se respete su relación con la naturaleza y los bienes comunes ya que por su relación directa con estos son las personas más adecuadas para su protección. También se requiere que se respete su forma de producción, pues ella le da al país la seguridad y soberanía alimentaria, tan importante en el marco de la crisis  global que se vive hoy. Además,  gracias al campesinado se han protegido formas tradicionales de cultura, que ha enriquecido al país por siglos, y que a pesar de todo, afortunadamente hoy persisten.
 
El campo no tiene piernas, pero camina. Necesitamos políticas para que camine mejor, con orgullo, hacia la vida digna que se merece.  

NOTAS

(1) Documentos cómo “La Cuestión Agraria en Colombia: Tierra, Desarrollo y Paz”, publicado por Planeta Paz, o “Dinámicas en el Mercado de la Tierra en Colombia”, publicado por la FAO, son buenos ejemplos. 

(2) http://www.3ercensonacionalagropecuario.gov.co/

(3) “Misión Rural Estructurará Políticas para el Campo Colombiano”. El Espectador, 27 de enero de 2014.

(4) Sobre el Censo del Agro ¿Sorpresas o no Tantas? La Silla Vacía. 2015.

(5) Resultados 3er Censo Nacional Agropecuario. DANE. 2015.

(6) DANE. 2015.

(7) El Censo Confirma el Diagnóstico de las Farc Sobre el Campo. Las Dos Orillas. 2015

(8) Resultados 3er Censo Nacional Agropecuario. DANE. 2015.

(9) Crece Descontento en Ministros por Recorte. El Espectador. 2015.