EL MITO DEL DESARROLLO: UN BALANCE HISTÓRICO DESDE LA PERSPECTIVA DE LOS CAMPESINOS.

Hay un cuadro de Klee que se llama Ángelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a un punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”. Walter Benjamin. Tesis sobre la filosofía de la historia. España: Sarpe editores. 1998.

 

Desde los análisis del pensamiento ccrítico se ha venido evidenciando la crisis sistémica-estructural del sistema histórico y geográfico del mundo capitalista, que se expresan en la crisis alimentaria, energética, financiera, productiva, ambiental, científica y de civilización. Crisis que viene forzando la necesidad política e histórica de un nuevo proyecto de civilización más allá del capital, para, asimismo, preservar la vida natural y humana.

 

La legitimidad de este sistema-mundo capitalista ha contado con el cuestionamiento a su poder y dominación por grandes conglomerados humanos, entre otros los campesinos. Dicha dominación del sistema mundo capitalista, que se basa en el sexismo y racismo, necesita de la dinámica intensiva e inagotable de la producción de mercancías, por ello le es inherente la expansión y el control de territorios y poblaciones que son subsumidos por la lógica y dinámica del capital.

 

Los actos de resistencias dados ante esta expansión y control se multiplicaron en las diferentes geografías del capitalismo: Asia, la India, América Latina, África y en las mismas entrañas del comando imperialista capitalista, por parte de los obreros, los estudiantes, las mujeres, como aconteció en mayo del 68, en algunas ciudades de los Estados Unidos y Europa. La reacción, en efecto, ante estos actos de insurrección y cuestionamiento al orden del capital se ha acompañado por una ofensiva ideológica, política, económica y militar de los gobiernos imperialistas: Inglaterra, Francia, Estados Unidos, como se expresaron en muchas partes de Asia, África y América latina con las llamadas “Aldeas estratégicas” que buscan controlar los territorios, los alimentos, el agua, los vínculos afectivos familiares-culturales desde el dispositivo militar, que en Colombia se conoce como las “llamadas jornadas cívicos militares”.

 

Esta ofensiva militar de control social se complementa, además, con el dispositivo ideológico del “progreso” y el “desarrollo” que se encarna en la lucha contra la pobreza en una representación del hambre y de su encarnación de los cuerpos de los pobres que ocupan un escenario geográfico como lo fue el llamado “tercer mundo”. Se afirma, por ello, que hay un “hambre del lenguaje y un lenguaje del hambre” que impone una concepción de la nutrición y los alimentos, una higiene occidental capitalista que utiliza un discurso supuestamente objetivo desde la ciencia: la revolución verde, la institucionalidad: que en Colombia se encarnó en el DRI, el ICA, etc., funcionarios y nuevas profesiones como la de nutricionistas, los trabajadores sociales y hasta la misma ciencia médica que ahora utiliza medidas estereotipadas desde la antropometría estadounidense para medir una representación de lo que es la vida saludable.

 

Estos mecanismos que buscan subsumir dentro de la dinámica capitalista espacios como lo son los territorios ancestrales de los campesinos y a éstos mismos desde el modelo de producción de la granja estadounidense, intenta sacar adelante el discurso ideológico de la lucha contra el hambre y la desnutrición, intentando destruir los vínculos históricos, culturales, económicos que tiene el campesino con el campo, así como sus pautas alimentarias. Esta dinámica era incuestionable cuando el mito del desarrollo se expresaba en la implementación del modelo de sustitución de importaciones que prometía el progreso desde la industria, la urbanización, la proletarización de grandes conglomerados de personas que antes eran campesinos, por ello el campo, o mejor las granjas tecnificadas, debía producir los alimentos que demandaban las ciudades industriales.

 

En el contexto histórico- geográfico del nuevo orden mundial comandado por los Estados Unidos, después de la segunda guerra mundial, los alimentos, la seguridad y soberanía alimentaria se convierten en un recurso estratégico para el control y la dominación del sistema mundo capitalista. En efecto, los alimentos son “armas de control territorial y poblacional”.

 

La producción masiva de alimentos gestadas en el centro capitalista-imperialista hegemonizada por los Estados Unidos, son ubicados estratégicamente por los gobiernos de los Estados Unidos en espacios geográficos que cuestionaban el orden capitalista, por ello estos alimentos son misiles dirigidos a aquellos escenarios donde se hace necesario controlar poblaciones, y así contener revoluciones populares que en Nuestra América se encarnan en países como Bolivia, Perú, Nicaragua, Colombia, entre otros, inspirados, a la vez, por el triunfo de la Revolución cubana. 

 

En efecto, después de la Revolución cubana 1959, surge “La alianza para el progreso” que tiene como propósito contener el referente político desencadenado por la ésta revolución. Dentro de las banderas agitadas por la Alianza para el progreso esta en contener, más no solucionar, un problema estructural en la región como lo es el de la tenencia de la tierra, y se pregona formalmente por los gobiernos latinoamericanos un reforma agraria, para superar, supuestamente, una herencia de la época de la colonia, que debe ser superado y es el de la hacienda, que combina un control de la tierra y una sujeción y dominio de la población. Hacienda hoy actualizada en el latifundio.

 

En Colombia, ante la contundente evidencia de una contra reforma agraria, en la conformación del latifundio no solo confluyen los sectores tradicionales reaccionarios, también nuevas élites regionales vinculados con el narcotráfico, el paramilitarismo y nuevos empresarios, banqueros e industriales, que están en la agroindustria.

 

Este fenómeno expresa una su puesta salida a la crisis constante y estructural del capitalismo mundial. Ante la explosión de las burbujas especulativas financieras, los capitalistas ven en la inversión en el campo, la adquisición de tierras una medida para ubicar capitales sobreacumulados, mercantilizando y especulando con los llamados agro-negocios.

 

En Colombia, se ha implementado un modelo forzado de acumulación de capital que se materializa en una espacialidad del capital en el campo contra los campesinos, y que se observa en la liquidando la economía campesina, por medio del terror estatal y para estatal.

 

De un país autosuficiente en la producción de alimentos, hoy se importa el 50% de los mismos, postergando la posibilidad de ejercer la soberanía y la seguridad alimentaria, por ello la necesidad de las élites de firmar tratados de libre comercio. Se afirma como el 0.4% de los propietarios de las tierras, muchos de ellos vinculados a la economía del narcotráfico y a los grupos paramilitares, concentran el 61.2% de los predios. Territorios conservados para la especulación capitalista y protegidos desde el control paramilitar. Se afirma, en efecto, que cultivos de plantación como la palma aceitera, los agrocombustibles se implementan en aquellas geografías donde se ejerce el control del paramilitarismo.

 

El “Plan Nacional de Desarrollo”, que busca profundizar el modelo de acumulación forzada y dependiente del capital, contiene locomotoras o aplanadoras, como la minería, que buscará reprimarizar la economía “nacional”, así como la liquidación de las zonas estratégicas para la producción de alimentos como lo es la región de los altiplanos, y con ello profundizar cada vez más las contradicciones presentes del capitalismo.

 

Ante las evidentes salidas formales que instrumentalizado la clase dirigente del país, se hace necesario que en el contexto de acercamientos entre el gobierno y las guerrillas, una de las agendas a discutir tiene que ver con esta ofensiva criminal del capitalismo que desde la ideología del progreso y el desarrollo han venido adaptando el país en términos territorial, institucional y poblacional a las nuevas formas de acumulación del capital que se expresa en la economía extractivista. Dicho proyecto capitalista transnacional, minero, agroexportador, financiero, terrateniente y mafioso ha utilizado el dispositivo de la “acumulación por desposesión”, en donde la guerra ha sido funcional para los intereses del gran capital. Por ello, la disputa por una salida a la guerra y no a la pacificación anhelada por las élites, depara la contención de la acumulación criminal del capital, donde la disputa por los territorios y la institucionalidad es fundamental para la reinvención de una sociedad justa, tarea nada desdeñable, que debe también partir de los sectores populares organizados que han buscado la disputa política por la distribución de la riqueza y el ingreso, y obviamente la tan anhelada tierra.