Pacific Rubiales o el maquillaje del militarismo y el despojo

“No vale el tiempo, pero vale las memorias, no se cuentan los segundos, se cuentan historias. La paciencia es lo que se cosecha”.
Calle 13. Prepárame la cena.

Durante el pasado mes de abril, en Puerto Gaitán, departamento del Meta, se emprendió una tarea de formación en Derechos Humanos, Derecho Internacional Humanitario y economía política con trabajadores y trabajadoras de las empresas petroleras y habitantes de la región.

La reflexión pasó por entender la explotación, el terror, la violencia, el pillaje, el saqueo tanto de la  naturaleza como de la fuerza de trabajo, que emprenden los capitales e inversiones extranjeras en nuestro territorio; el capitalismo, tal como se ve día a día en esta región,  busca  enmascararse ideológicamente para evitar el pensamiento, el ejercicio de la política, la deliberación ética y moral presentes en la denuncia y testimonios de los desarraigados.

Ante la contundente evidencia de la expoliación de la naturaleza y el cercenamiento de los cuerpos y mentes de los trabajadores por las condiciones de trabajo impuestas, las corporaciones intentan  ocultar esta realidad al condenar la denuncia, el hecho político y organizativo de los trabajadores como  relatos ideologizantes, al servicio de intereses oscuros, que, según ellas, no permiten el “desarrollo”, el “crecimiento” económico del país.

Una de dichas maneras para encubrir lo innombrable, como son las condiciones de pobreza, miseria y destierro, es la instrumentalización de la imagen, que no permite el pensar, el deliberar, la discusión para develar lo ocurrido. Esto se puede observar en la estrategia publicitaria de la corporación Pacific Rubiales, que intenta por medio de la burda propaganda neutralizar y contener la crítica y la acción.

La intención es evidente, convertir la política en cosmética. Por ello la explotación, el saqueo, la violencia, la guerra, las aberrantes desigualdades sociales son convertidas  en  crónicas, susurros, que no tienen  que ver con la realidad y verdad, que adquieren categoría de verdad en la imagen y la palabra de los explotadores.

Aún  con todo lo que representa la uniformidad del pensamiento en la sociedad de masas, es importante resaltar la entereza moral, ética y política de los pueblos, como se observaba en los testimonios, luchas y sueños de hombres y mujeres de los Llanos colombianos.

La transnacional Pacific Rubiales reproduce cabalmente la estructura de explotación y dominación de la economía de enclave, que se incrustó en el país durante los principios del siglo XX y en la cual la clase dominante colombiana entregó territorios, trabajadores y riquezas a empresas estadounidenses como la United Fruit Company y la Tropical Oil Company. En este modelo de dominación el ejército velaba, protegía sigilosamente los intereses imperialistas, en contra de la nación y de los trabajadores que demandaban justas reivindicaciones, como la de los tres ochos.

No sobra recordar el papel de gobiernos como el de Abadía Méndez  y su general Cortés Vargas que en alianza con la United Fruit Company realizaron la masacre de las bananeras, crímen que también se repitió en el Magdalena Medio a manos de la Tropical Oil Company, en la que fueron exterminados las comunidades de los Yariguies, para hacer posible el autoproclamado desarrollo.

Ciertamente muchas de estas prácticas abominables, que se consideraban superadas históricamente, han vuelto a renacer, con casi los mismos formatos y actores de principios del siglo XX. Como se afirmaba desde la Filosofía, la historia suele repetirse, en nuestro país de manera cruenta y trágica contra los humildes.

La Unión Sindical Obrera USO, que ha venido acompañando las justas demandas de los trabajadores y las comunidades afectadas por Pacific Rubiales, ha denunciado con evidencias, testimonios, relatos, cómo dicha transnacional no sólo ha venido destruyendo la soberanía con la extracción y control del recurso estratégico del petróleo; recurso regalado de manera criminal por la clase dirigente a dicha corporación, sino también las condiciones de explotación y liquidación de los derechos fundamentales de los trabajadores.

Los trabajadores en los campos petroleros de la Pacific son convertidos en mercancías, sometidos a horarios extenuantes, sin acceso a salarios dignos, que les permita acceder a bienes y servicios esenciales, sin contratos de trabajo, sin seguridad social e industrial, entre otros vejamenes. Así mismo, comunidades campesinas e indígenas han sido arrinconados por la contra-reforma agraria imperante en Colombia: “hombres sin tierra, tierra sin hombres”.  En estas tierras se ve también con claridad la inoperante legislación ambiental que ha convertido la naturaleza en recurso, que puede ser contaminado y destruido.

Para poder mantener dicho modelo económico se implementa el dispositivo de control, persecución a las organizaciones sociales y políticas y la neutralización de cualquier iniciativa popular que intente oponerse a está dinámica de pillaje y violencia que ejercen las corporaciones contra la soberanía y la dignidad de los pueblos.

Todo esto se pudo corroborar desde los testimonios y vivencias de cada uno de los asistentes, que también, de una manera muy valiente e inteligente, mostraron por medio de mapas que surgieron en la cartografía social, como se referencian espacialmente los conflictos sociales, el despojo, la explotación laboral, las carencias de derechos como la salud, la educación, el acceso al agua potable, sistemas de alcantarillados en medio de la inmensa riqueza generada por el petróleo.

Cualquier iniciativa organizativa en la región ha sido estigmatizada en medio de un escenario geográfico militarizado y con altos índices de violencia estatal y paraestatal. La militarización ha servido para asegurar la llegada de empresas corporativas que están detrás de recursos como el Coltán, oro, la siembra de agrocombustibles.

Una estrategia elaborada por Pacific Rubiales para desmantelar y deslegitimar el trabajo organizativo de la USO ha sido el paralelismo sindical al crearse un sindicato patronal, que funciona más como una “cooperativa de trabajo asociado” y  que solo promueve los intereses del capital y la inversión en contra de las comunidades y los trabajadores.

Uno de los retos que debe afrontar el sindicato es la construcción de una agenda colectiva acompañada de boletines, denuncias jurídicas, articulación y organización, ya que se cuentan con evidencias y testimonios de muchos trabajadores y habitantes de las zonas que  demandan el cumplimiento de los derechos laborales y  ambientales.

Es imprescindible, dentro de las tares históricas del movimiento obrero recuperar una cantera de experiencias encarnadas en las luchas, las utopías de los trabajadores y comunidades que enfrentaron históricamente la presencia de empresas como la Tropical Oil Company. Un sindicalismo social, político popular con vocación de poder, que permita la superación de una historia salpicada de ignominia, para permitirnos reivindicar la recuperación de una memoria histórica popular de resistencia y confrontaciones al capital y sus manifestaciones criminales.