Óscar Niemeyer, el arte de la sorpresa

Uno de los arquitectos más importantes de los últimos tiempos, discípulo de Le Corbusier y uno de los constructores de Brasilia, capital de Brasil.

“Le confieso que estoy un poco cansado de hablar de arquitectura. Más importante que la arquitectura es protestar en la calle. Se debe pensar en la política, en la miseria, buscar colaborar. Y cuando se piensa que la cosa está demasiado mala y no hay esperanza en el corazón de los hombres, es la revolución”: Óscar Niemeyer.

Católico, pero comunista. Discípulo de Le Corbusier aunque amante de las curvas. Con más de cien años, pero siempre activo. Humilde y venerado. Un hombre simple con una obra monumental, literalmente hablando. “Lo importante es la mujer, ¿no? Lo demás es broma”.

Niemeyer, junto con varios otros intelectuales de los años 30, se encargó de soñar un país, de edificar todo un futuro partiendo del dibujo y siguiendo con el concreto, pero siempre al servicio del hombre.

Un gran pesimista, realista lo llamarían algunos, Niemeyer encontró en la belleza una expresión de igualdad, una suerte de redención para una especie demasiado entregada al odio y las distinciones. Su arquitectura bien podría ser la edificación de las ideas, una materialización del anhelo. Alguna vez lo interrogaron en un cuarto sin ventanas, insonorizado, con una persona transcribiendo sus palabras para el eterno registro de la burocracia. “¿Qué es lo que quieren ustedes?”, le preguntaron. “Cambiar el mundo”, respondió. El escribiente, de piel negra, se volteó: “Va estar difícil, ¿no?”.

Brasilia: una ciudad nueva para un país nuevo. El pedido del presidente Juscelino Kubitschek fue claro: “No quiero una capital de provincia. Quiero algo diferente”. El urbanismo quedó en manos de Lucio Costa, uno de sus primeros maestros, un arquitecto que también desafió, en su estilo, el uso convencional del espacio y las formas. En una ocasión, un cliente le dijo: “Le encargué un carruaje y quiere imponerme un automóvil”. Los edificios del Gobierno, los palacios y ministerios, los centros de un poder que no debía oprimir, sino distribuir, fueron tarea de Niemeyer.

“Niemeyer, quien vivía en un campamento al lado de las obras de la nueva ciudad, debía producir un edificio nuevo cada semana. Claro, tenía un equipo de arquitectos, pero el diseño básico era suyo. Era un gran dibujante, con un sentido fantástico de la síntesis. Hizo obras estupendas, como el Centro Cívico; la catedral, que es bellísima. Siempre habló mucho de las formas de las mujeres brasileñas, de sus curvas”. El recuerdo es de Germán Samper, arquitecto colombiano que también fue discípulo de Le Corbusier.

Su grupo de acompañantes y colaboradores incluía, además de ingenieros y arquitectos, periodistas, amigos y, de tanto en tanto, escritores, músicos, artistas. La nueva capital debía construirse en una especie de asamblea colectiva, de lluvia de ideas para hacer un borrador del mañana. En un viaje hacia Brasilia en avión (aparato al que, por cierto, siempre le temió Niemeyer) un militar le preguntó al arquitecto si el edificio del Ejército iba a tener un diseño clásico. “¿Cuando usted va a la guerra prefiere ir con un arma antigua o moderna?”, fue la respuesta. “Brasilia es como una gran escultura, es fantástica desde el punto de vista del diseño: es una ciudad fuera de la escala del hombre”, remata Samper.

La proximidad a los trabajos le permitió a Niemeyer tener un contacto permanente, no sólo con las obras, sino con los trabajadores, pasar la vida entre ellos. “Después vinieron los políticos y los comerciantes y todo fue una porquería, las mismas distinciones. Todo igual”. Decepción de creador, de padre. Ya lo había dicho el filósofo: “El infierno son los otros”.

La arquitectura es invención. La frase, de Le Corbusier, se convirtió en consigna, guía siempre fiable para encaminar el proyecto y, de paso, toda una vida.

Lo nuevo vino de la mano de una utilización diferente de las formas y un aprovechamiento de un material flexible como el concreto, entre otros aspectos. Niemeyer en sus palabras: “No es el ángulo recto el que me atrae ni la recta, dura, inflexible. Lo que me atrae es la curva libre y sensual. La curva que encuentro en el curso sinuoso de nuestros ríos, en las nubes. De curvas está hecho el universo. El universo curvo de Einstein”.

Y en palabras del escritor Eduardo Galeano: “Contra el ángulo recto, que ofende el espacio, él hizo una arquitectura liviana como las nubes, libre, sensual, que es muy parecida al paisaje de las montañas de Río de Janeiro, que parecen cuerpos de mujeres acostadas, diseñadas por Dios el día en que Dios creyó que era Niemeyer”.

Una existencia conducida por la fiebre de la curiosidad, la imposibilidad de parar porque, como lo dijo tantas veces, “la vida es un soplo”. Cientos de edificios, tal vez. Una ciudad entera. Construcciones en Brasil, Argelia, Italia, Francia, por nombrar algunos lugares.

En una ocasión invitaron al arquitecto a participar en un proyecto en Estados Unidos. Fue al consulado a pedir la visa. Se la negaron. “¿Es algo personal?”, preguntó. La voz al otro lado del vidrio contestó que sí, que el asunto era personal. “Sabe que me alegro, porque si usted me niega la visa quiere decir que no he cambiado”.

Tomado de: www.elespectador.com