Sintomatología del desastre

Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la fila de los notables venidos a menos en las tareas del ocultamiento y la disociación, y la fila para pagar los impuestos, hecho rotundo de diligencia estatal a la indigencia. Un desfiladero es la eterna hilera de autos en atasco, y la del banco, larga como la voracidad de los banqueros, que envilecen toda forma y contenido del ser. Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la procesión de semana santa, y la serie de beatos y de Santos que pululan acatando tentaciones, promulgando milagros. La marcha interminable de hombres y mujeres por las calles de este país perplejo en el que nos matamos los unos a los otros, hecho probado  de lucha contra la oligarquía corrupta, donde algunos protestamos, otros duermen o derrochan, los menos atesoran y los demás pescan en río revuelto, anuncia un desfiladero: la fila de los invidentes que sufragan por los candidatos y los partidos de turno, es decir de siempre, y la de los que naufragan en las consecuentes aguas putrefactas de la traición politiquera.

Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la hilera de acceso a los estadios y la guerra entre fanáticos por una camiseta, un gol más o un gol menos, y la fila de los infieles a Dios en las iglesias, ávidos del cuerpo, de la sangre y de la cruz, como si la historia de la nación no fuese un reguero de sangre, de cuerpos y de cruces. Un desfiladero es la formación de los ejércitos regulares e irregulares para la guerra fratricida y los desfiles en las fiestas patrias ostentosos de muerte, y la hilera de tugurios en las noches, con sus luces como grandes pesebres...

Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la fila de los desconcertados padres de la patria en los medios de comunicación después de la traición a la patria, y la hilera interminable de desplazados de la tierra, despojados, amenazados, masacrados, ignorados por ese mismo legislador que legisla en beneficio propio porque compró el voto. La cadena de sucesos que definen al hombre de la modernidad colombiana es un desfiladero, conjunto de actos de barbarie, de canibalismo, de magnicidios; probados todos en la fe financiera, en el vasallaje, el coloniaje, el imperialismo, el ultraje, las buenas costumbres, el decoro, el protocolo, el maridaje, el andamiaje, la mentira, la trampa, la usura, la mesura, la desmesura, la mensura, el rasgarse las vestiduras, el maquillaje, el pillaje, la comisión de conciliación, o sea la maldición, la diplomacia, es decir la hipocresía, la presidencia, es decir la diplomacia. Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Un desfiladero, señores, es todo lo denunciado aquí y algo más: es lo que predice el verso iluminado de Martí o de Cardoza, de Vallejo o de Hernández, de Neruda o de Vidales o…, un paso estrecho entre montañas, una fila india, una bella india de nuestro continente otrora ultrajado, ahora oprimido, por el Imperio y el Estado sometido en el nombre de Dios y de todos los Santos. Un desfiladero es una línea delgada, delgadísima, un precipicio; un desfiladero es la privatización de la banca, de la educación, de la salud y de la justicia, de la injusticia contra la justicia; un desfiladero es esa reforma que legitima la corrupción, que legisla en pro de la criminalidad, que le abre las puertas de la cárcel a los atracadores del Estado y le llena la panza ya repleta al sector financiero.

Un desfiladero, señores, es todo esto, aquello y algo más. Es latencia, es asechanza. Es lo que le resta por suceder a la nación, si el constituyente primario no aprende, de una vez por todas a elegir. La justicia, aun herida de muerte, prevalece, pero el corrupto, aun desenmascarado, también prevalece, bajo nuestra extraña complicidad.  Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona.

*Poeta colombiano

Pintura: "La República" Débora Arango