La farsa del arte: perdido entre la moda y el mercantilismo

El pintor y dibujante Juan Cárdenas en artículo publicado por el diario El Tiempo, el pasado 12 de marzo, refiriéndose a los planteamientos del director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, señor Glenn Lowry en su reciente visita a Bogotá, puso al desnudo la farsa perversa del arte contemporáneo en el campo de la plástica.

Se refiere en concreto al arte Pop que desde su discoteca impuso al mundo el indefinible Andy Warhol y a otros embelecos como el conceptualismo, las performances y el simple basurismo.

Anota con valentía cómo los artistas de todo el orbe, han agachado la cabeza y dispuesto su capacidad creadora a repetir los mamarrachos que sugieren los sumos pontífices de la plástica neoyorquina, dentro de los cánones que predican sus sacerdotizos encarnados por los críticos y los curadores.

Solo es arte lo que se ciñe a sus preceptos condicionados a su vez a la moda y el mercado. Por eso las galerías y los museos del mundo que se precien de estar a la vanguardia, venden y exhiben lo mismo.

Los dictados de los críticos de oficio que han abrevado su saber estético en las fuentes privilegiadas del consumismo estadounidense son ineluctables y absolutos, y deben aceptarse como artículo de fe en todo el orbe, así nadie los entienda o encuentre asombro en su contemplación. Con la aplicación de esta doctrina, la máxima artista plástica de Colombia es una dama que en fecha reciente cubrió con unas sillas corrientes una de las fachadas del Palacio de Justicia, cuyo reconocimiento universal comenzó en una galería londinense en donde realizó una grieta y, quien, por estas fechas, espera postrar de asombro al cultísimo pueblo romano con un poco de mesas dispuestas patas arriba en una de las vías más concurridas de la Ciudad Eterna.

Todos los que no comulguemos con esta expresión del arte más actual, tendremos que disponernos para recibir el anatema que nos relega a las hordas incultas de la era troglodita.

Pero esa tiranía de la moda y el talante mercantil no la soportan solamente las artes plásticas. En la música ocurre igual. Ahora no importa que alguien cante o componga música. Los cantantes se hacen en los estudios de grabación a punta de técnicas de sonido y maquillajes efectistas y los ritmos son los que demanda el mercado discográfico.

En la literatura pasa igual. El éxito es para quienes escriben novelas o narrativa que se pueda adaptar para la televisión o el cine. Esos son los que logran acumular sumas multimillonarias y los medios los encaraman a los más altos podios de la notoriedad y de la fama, mientras los verdaderos creadores, se debaten en la penuria y el anonimato sin quien les publique ni lea lo que escriben, condenados a las tinieblas exteriores de la desconsideración y la pobreza.

Y no podemos ignorar los descalabros de la moda en el vestuario. Un día de hace más o menos una década a un “hijo de papi” en un país rico se le ocurrió dejar los pantalones haciendo un forzado equilibrio entre el pubis y las rodillas para mostrar una ropa interior vistosa y en menos de nada se convirtió en última moda que catapultada por los medios y las técnicas de mercadeo, se esparció por toda la superficie del planeta y hoy tenemos en todas las ciudades y pueblos del mundo a los jóvenes peor vestidos de la historia.

El arte auténtico que nace de la necesidad de expresar y decir el espíritu de los hombres, agoniza frente a la opulencia del pseudoarte que piden los mercados que lo consumen al ritmo de los movimientos de la moda.

El arte de hoy no es ni vale como expresión de lo mejor de la condición humana sino por lo que representa como inversión. Los que tienen el dinero compran arte, no porque les guste y lo aprecien en su valor estético e intelectual, sino por lo que aconsejen las empresas calificadoras de riesgo y la posición del artista en las bolsas de valores.

El maestro Juan Cárdenas se pregunta qué dirán las generaciones futuras sobre las obras de arte de nuestra contemporaneidad y, en sana lógica, habrá que responder que no dirán nada, porque no quedará nada sobre qué decir: de las instalaciones y las performances, un video o una fotografía que de ninguna manera son la instalación en sí; de las mesas, las sillas y las basuras, eso, basura que acabará pudriéndose en un relleno sanitario.